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La poesía, después de frecuentarla, se me hace que tiene dos orillas evitables y vitandas igualmente. Por un lado, la sublimación de sentidos y experiencias muy comunes o vulgares –el iniciático beso adornado de palabras al uso más o menos, el atardecer dorado por supuesto y sumiendo en nostalgias infinitas. Esta orilla fácilmente transporta a lugares comunes, de sofisticación o nadería. Bien es cierto que otros han triunfado en esta linde –mas llegaron los primeros, e intentaron maestrías de la técnica igualmente ya exploradas para siempre. Otra orilla recorre los lenguajes urbanos y prosaicos, mas con pretensión o metro. Como una sentimentalidad que ex novo se inventara. Aquí, la poesía fácilmente se consume en descripción, en apresuramiento, o en aplauso militante. Una autenticidad encuentro, sin embargo y sin término intermedio, en la austeridad que conduce a la poesía al lugar en el que -oscuro y sin ornato- se origina el pensamiento.

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