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Cuando el progre sobre algo no sabe qué decir –establece o inventa con frecuencia muletillas. Por ejemplo, cuando el mapa político de España se fragmenta con ribete ingobernable en ocasiones: habrá que establecer una cultura de pactos. Y se pregunta uno qué se querrá decir por cultura semejante. En primer lugar, si hasta el día de hoy –y por qué razón- nunca la hubo. Y, cualquiera fuera el caso, si esa cultura no sería sino anteponer el interés general –sin engaño ni retórica- a los dogmas e intereses de la reducida grey o de la manada incluso. Y caso de que fuera de ese modo, cómo concretar esa transformación olvidada tanto tiempo en el país, desde el tiempo ya lejano de la transición que llevó a la democracia. Sobre todo cuando carecen los partidos de protocolos que unifiquen su voluntad de pactar y el criterio a seguir a ese respecto. Y cuando, improvisados, los protocolos tales ayunan de inteligencia. Una deuda tal vez, que merecen y se tarda en pagar a ciudadanos a punto de extenuación –o de tirar la toalla.

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