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La Bolsa es mundo de relumbrón y rumores. Oropeles y fachadas: todo vende. Multitud concentrada en torno a un interés soberano que aglutina: la aptitud de generar más plusvalías. Y otro interés parejo y simultáneo: conseguir la porción más plausible en el reparto. Un mundo que sería de todo vale, salvo una moral ineficaz y exterior de caballeros. Y un regulador del mercado: comisión que mantiene la apariencia de unas reglas que se observan o respetan –por la confianza indispensable que reclama el escueto interés que allí concurre.

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