No sé si a ustedes, lectores de otros rincones del mundo, de niños les hicieron creer en el Ratoncito Pérez. Con esa credulidad consentida que otorgamos a las cosas que pensamos nos convienen. Por si acaso, aquel ratoncito que recogía el diente de leche que el infante ponía bajo la almohada después de haber caído. El animalillo furtivo que dejaba, en su lugar, unas monedas que el niño al despertar encontraría con alborozo. Y no veo que sea fortuita la elección de la mudanza del diente como propicia ocasión para inventar esa mitología. Para celebrar, sin duda, el diente venidero. Como se celebra lo escaso –esa conciencia de la imposibilidad de regenerar los dientes que, tal vez y de adulto, irá perdiendo poco a poco en medida menor o más frecuente. Como esos cumpleaños que, dejando atrás un tiempo ya pasado, anuncian otro que veloz ocupará el lugar vacante del año que se va tras las espaldas. Promesa de reinicio o novedad, no tan sólo de un recambio.

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