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Me contaron que en Écija hubo una hermandad primitiva, la de La Veracruz, extinguida ya hace más allá de un siglo. Con tres pasos procesionando al unísono. Imagen señera, el Cristo de la Veracruz –talla con autoridad barroca e imponente, si gastada por el fervor y la fatiga del tiempo. Por segunda vez visité esta imagen en la Iglesia de San Francisco, en una capilla lateral en el patio que da entrada. Allí, un devoto que recibe cordial, con un bienvenido al visitante. Una explicación, con tradición que querría revivir sus antiguos esplendores. En ambas ocasiones, un gitano forastero que recibe con respeto la visión, el aroma y las palabras. En la puerta, bandeja plateada y dispuesta para el óbolo –por recuperar la imagen, la hermandad, la devoción y el desfile. Recogimiento y unción en la ofrenda que, al salir, deposita acaricioso el gitano con las yemas de sus dedos.

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