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En cuestión de bares, me decía FV que le dan buen augurio los que tienen el nombre de su dueño –ya se sabe: Bar Manolo, Cervecería Alfonso, o el Bodegón de Paco por ejemplo. A su ver, estos bares preanuncian tapeo recio y familiar, trato llano y precio ajustado a la satisfacción de la parroquia. Y yo sigo este criterio, en ciudades foráneas y cuando la evidencia no me dice lo contrario –un vistazo desde fuera, un aspecto, una apreciación fugitiva del cuido y del ambiente. No fue el caso en la antiquísima ciudad de Écija, Bar Casimiro –junto al antiguo foro de tiempo de romanos, y hoy plaza de España. Sólo lo que hay en la carta de tapas, en la mesa –afirmó restrictivo el camarero. Poca variedad disculpable por las fiestas concurridas, si la oferta resultara de enjundia suficiente. Solicito una ración de calamares: al llegar, aspecto de bolsa que se vierte en la freidora. Al pedir un poco de jamón –creo que va a ser difícil que lo lleguen a cortar, amparado en lo muy concurrido de la fecha y de la hora. La cuenta: lo que la carta de las tapas reflejaba –más el pan, sin previo aviso, y también un diez por ciento: la soldada que dice recibir el camarero. Al final, un gesto airoso –reconozco que es caro, y bien lo siento.

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