Hay películas que, por causa de sus efectos buscados o del suspense, producen en el espectador una zozobra –más acá de la pantalla. Un efecto de la susceptibilidad que a cada cual alcanza en mayor o en menor grado. He conocido, incluso, a quien padece angustia en la sala –por lo inesperado que acontezca en la escena, por el sobresalto o la certeza de que algo acaecerá de insoportable o terrible. Como si el cine no estuviera concebido para quien toma en serio cuantas cosas suceden a su vista. Otros, sin embargo, se mantienen a distancia: en plano separado de la acción que, a otros, al contrario los envuelve. Y pienso, entonces, que ante películas que atrapan o sojuzgan –el espectador a sí mismo se pone por una decisión que establece o que ciega su distancia: como la que hay entre los sueños y uno mismo –fueran éstos acaeceres ficticios o amenazas: pesadillas que invaden la conciencia y su vigilia.

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