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La vida se le iba instante a instante. Como sucede a cualquiera. Acompañado en la ruta de sus días, de escaparates –de asfaltos, de quehaceres y neones. Y llevaba su camino, en el que fingió creer -o el que sólo imaginaba. Con la abnegación del esfuerzo y su abandono: eso tienen las creencias. Como quien vive en la luz de la ciudad, desoyendo la ficción o su artificio.

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