Qué precisión las palabras, esta noche, de Dámaso González –un torero, ese torero. Hablando con una cordura muy de la raíz de los campos de Albacete –seriedad que se aúna con aquella bonhomía que es tan suya, y tan propia de esa tierra. Esos campos entre murcianos y, en el límite, manchegos. Cosas que nos ganan. Que quisiéramos creer –no por lo que son, sino por la fe y por la humildad con que se dicen. Me traía el aire campesino del imperio que fue Roma: esos césares de grandeza labrada en el terruño y el arado. Gloria de Cincinato, recuperando la labor en el mismo lugar en el que años antes la dejara -para servir a su dueña, la república. Hoy, el maestro ha hablado con esa majestad del cortijo y el terruño: que muchos pueblos pequeñicos, hacen una España grande. Que los pueblos son bellos cuando los hombres se entienden –cuando quieren entenderse. Que se debe apreciar el encuentro y la palabra, sin precisión de que lo evidencie la discordia –tal hecho consumado que temer, cuando los hombres lo convocan y lo quieren.

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