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Pueblos que, a fuer de verse reservorio de la historia, la historia se los come. Unos, consagrados a obsesiva identidad -que no vale el sacrificio de un presente, ni tampoco de un futuro. Otros, languideciendo ya con historias inventadas –o el Abuelo Cebolleta. También quienes tiempo ha que olvidaron cualquiera pretensión -dejados al declive, con residuo que conservan del pasado: su soberbia. Yo conozco lugares de belleza indiscutible: blancas casas diminutas en amena serranía, tan cuidada como agreste, con blasón y castillo y cielo claro. Pero solos. Y digo que el saberse engastados en la vida de los otros, su presente, la franqueza –no vienen exigidos por los tiempos actuales, sino son sabiduría muy constante y muy antigua. E inequívoca premisa, y esencial, de los pueblos que están vivos.

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