La gente del pueblo tuvo siempre un mirar inmanente y ajustado –en relación con las cosas. Antes de que ese pueblo fuera desfigurado llevándolo a un argumentar entre correcto en lo político e iletrado. Porque se me entienda, diré un ejemplo para entrada: si niño yo osaba maltratar un árbol –un melocotonero, digamos nuevamente por ejemplo- un abuelo siempre así recriminaba: ¿es que el árbol te ha hecho algo? ¿por qué no lo has de dejar en paz, si ningún perjuicio te ha causado? Como enseñando al infante a dolerse por la injusticia que causara a otro ser vivo (cómo esto me trae a las mientes algunas ideas de Shopenhauer –lo digo de pasada). Enseñando al niño a vivir en estrecha relación, en paridad, con los seres naturales. Y esto, por no decir si se trataba de animal, o de un canario. Hoy, todo ello se envuelve en conceptos que no hablan de respeto sincero hacia otros seres –mas de una superioridad moral y un narcisismo –tal si una religión se profesara. Discursos posmodernos y ecológicos. Y ahora voy a lo que pretendí al consignar el título de este post –que se lee en el encabezado. Porque aquellos abuelos también hablaban de que el penitente recibía la solución de las manos del cura que oficiaba. Esa palabra –del solvere latino: desatar alguna cosa. A sabiendas de que hay solución cuando hubo nudo previamente: anudamiento moral, cognoscitivo o lógico. Sabiendo que el penitente acude en busca de auxilio o de remedio, porque algo alcanzó problematicidad agobiante en su entresijo. Precisando que alguien desde fuera lo desate. Poco importaría al abuelo que la solución proviniera de lo alto –como parece que en absolución el prefijo lo denota, y reputando esa altura tal placebo admitido o tolerado.

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