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En los años de estudiante, la filosofía llevó a cuestionar evidencias asentadas o adquiridas. Aquello que el joven aceptó desde la infancia –ignorante que es de la aceleración paulatina que le espera al tiempo de su vida. Porque cuando jóvenes, tenemos por interminable o dilatado el tiempo que nos queda ya a la espalda. Sin embargo, los años aceleran el paso de los años –y cada vez se ve más breve lo que antes fue vivido, lo que queda en el pasado. Pero aquí, a lo que iba: la filosofía llevó a cuestionar evidencias asentadas en estrecho espacio de experiencias de la infancia o juveniles –pero percibidas como inmemoriales, casi eternas. Y el joven concebía con asombro que es posible que no haya un amanecer mañana –o que el suelo deje de seguir estando, o que después del recreo el aula ya no esté (tal a la biblioteca del Quijote sucediera). Aunque ese escepticismo es ejercicio de principiante tan sólo: porque no se cree en la efectiva posibilidad de la conjetura que se afirma. Son sólo juegos de intelecto –de jugar de la mano el pensamiento y la sorpresa. Sucede después que la increencia ya no juega –que va en serio. Cuando ya no es el aula, ni el suelo, ni el sol que no amanece: sino el cuerpo, la traición o el desengaño. Y entonces la filosofía –su consolación y sus palabras. Y hacia los adentros, una luz. No una salida.

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