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Cuando hace unos decenios se inventó Andalucía –la Comunidad Autónoma, digo-, no fue tal sin una oposición abundante y convencida por los mentideros de Granada. Como ciudad de historia indiscutible, de peso cultural y demográfico, de ganas de ser y de raigambre. Aquella inquietud se materializó por en medio de la gente, en negociación de mínimos al menos: que la capitalidad cultural residiera en aquel reino nazarita. Nada de ello hubo por entonces. Sí hubo un mirarse suspicaz entre Sevilla y la ciudad de la que hablo. Una pugna popular, en discusiones y tertulias. Yo recuerdo, visitando por entonces la capital actual de Andalucía, cómo un sevillano me mostraba los reales alcázares –y, previo y en la puerta: y no quiero comparación con la Alhambra de Granada. Alguna inferioridad habría de haber –o de ser reconocida: no sé si ahora incluso, o todavía.

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