Las tardes de domingo tienen algo de la luz de los ocasos. Con luz anaranjada y sin destello –murmullo de ese drama que palpita en el trasfondo de las horas, que insinúa su presencia y no se muestra. Y yo veo, en esas tardes, a niños que rozan con sus manos el tedio de las horas precediendo el retorno a lo estrecho de la escuela, u hombres que querrían dilatar un instante su solaz y su descanso. No por temor a lo que el lunes les traerá con su trabajo, su labor o sus afanes –mas por ese desamor de las cosas que se acaban, sobre todo el albedrío. Y el tiempo, como muestra el declinar de otra semana.

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