Con frecuencia creemos en los buenos sentimientos, sobre todo en los propios, y en las nobles intenciones. Esto cualquiera lo sabe de su particular experiencia –de su vida. También de las gestas de una generación, de un país en ocasiones. Sin embargo, nada hay más deleznable a la memoria. Quien obró con generosidad en situación menesterosa de algún otro. O aquellos que sacaron al país de atolladero –con preterición de intereses personales. La crueldad es que el futuro retiene los hechos tan sólo y a lo sumo –y no todos. No cuenta la intención que en su origen alentara. Ni la integridad de lo obrado –el hecho y su colateral coherencia. Y no tan sólo esto, sino que entonces los hechos no son retenidos tan siquiera como fueron –mas leídos, transformados, desde un interés preponderante que los juzga o los censura.

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