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Granada tuvo sus aguadores. Los más afortunados con asnos, otros con modestos carretones. Y sí –aguadores, como lo fue el de Sevilla. Sólo que Granada tuvo también sus catadores de agua. Esas aguas de variada consistencia, de acidez o de blandura, de paladar diferente. Ángel Ganivet lo relata, creo recordar que en su Granada, la Bella. Porque Ganivet fue cofrade de los del Avellano: fuente inmaculada en la falda de la loma que a la Silla del Moro le da asiento. Hoy, todavía el agua del grifo de Granada sabe a gloria. Privilegio que el granadino, por lo común desconoce. Como al otro flanco de la sierra, mirando al mar que nos separa del moro, Lanjarón tanto oculta como ofrece variedad sorprendente de otras aguas que Granada –la ciudad- por sí misma desconoce.

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