En tiempos de los hombres de provecho, y de la gente de bien –mal se veía la farándula: profesión bohemia de bailaores, o de actores, de cantantes. Tiempos eran de una moral estrecha relativa a ciertas cosas. Cuando los amores, las infidelidades, los celos, la vida nocturna, el estrellato cutre de los años cuarenta o los cincuenta –y sobre todo lo que he dicho de pasada: el estrellato. Porque pudiera ser que la censura que sobre este ambiente recaía, no fuera sino por la visibilidad de ese modo –en el que la plebe proyectaba zafias costumbres, ocultas y muy suyas. Y entonces, el espectáculo no era sólo el cantante embelesando en la tribuna, ni el bailaor o el artista en la sede que las candilejas abrazan –sino sobre todo la vida semiprivada de ellos: su secreto medio abierto en abanico, la fama más allá de lo que en verdad acometieran, lo que la imaginación del pueblo añade con su brillo. Hoy la farándula no es objeto de censura tan expresa, si bien se acostumbre a hurgar públicamente en la vida de famosos –tipo sálvame, ese programa marujón e impertinente de la tele. A cambio de ello, la farándula ha atraído a sus reales una parte del mundo del deporte: el fútbol, estrellato de divos y opulencia –cotilleo que se exhibe, y su jactancia.

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