Quién no habrá soñado con aquellas avenidas de cristales y cemento, metálicas y anónimas –ensueño de Manhattan. Esplendores de hoy. O Dubai, ostentosa escenificación de dólares y agua en aquella vecindad de los desiertos. Apogeos que no agrava todavía el peso de los siglos. Con el brillo, por tanto, del dinero que corre con soltura –del poder de nuestro tiempo, radicado por entre esos rascacielos. Emblema de fascinación, irradiando una luz contemporánea. Tiempos, siglos hace, en que el poder no habitaba entre aceros y cristales –sino en la levedad de la piedra labrada en pórticos y torres, capiteles, columnatas. Hoy sabemos en España cómo es el avejentarse de la piedra –esos pueblos que irradiaron fuerza, y yacen descuidados diminutos por en medio de los campos. Con su herrumbre y su descuido. Conocemos con cuánta dignidad la piedra envejece en su abandono. El cristal y el acero no conocen todavía esa tristeza –ni quizás nosotros llegaremos a saber cómo envejecen, si siquiera lo hicieron con decoro.

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