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Hay un espacio barroco de la vida –el que la cuna y el sepulcro delimitan. Con esa provisionalidad no trágica, mas teológica o religiosa –de Calderón, por ejemplo. Un entrar y un hacer mutis de la escena. Y el mundo, su teatro. Como también al regresar a ciudad en la que se vivió durante años, pasado largo tiempo: esa escena familiar, ocupada ahora por otros personajes. O cuando el teatro de la vida, con los años, ya sólo se puebla de actores que advinieron –en medio de una soledad que crece, que no reconoce en las tablas su reparto.

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