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El amigo JL me comentaba que lo discriminatorio es el afán por reconocer distinción preconcebida y de trato entre personas. Y así, de corazón repudiaba la opinión según la que en todo grupo decisorio debiera establecerse una reserva de plaza, o cuota de mujeres. Lo veía irrelevante –o perjudicial, en casos- para el gobierno de país, de empresa, de asociación o comunidad vecinal –cualquiera fuese. Y pernicioso para la causa de la igualdad –que defendía, sin dogma. Sostenía que, al efecto, la entrepierna es tan irrelevante como pudiera serlo el color de la piel, la nacionalidad o la enfermedad –no impeditiva- que aquejara. Y encontraba tendencioso ese afán de separar en mujeres y hombres, blancos-negros, enfermos o rollizos, portugueses o españoles. Salvo que esa separación, o discriminación positiva obedeciera a otro propósito: modificar la mentalidad, la moral pública, los usos, y sobre todo las condiciones sociales. Y él no lo veía mal, en algunas ocasiones –a condición de que se explicara la reserva de la plaza, o temporal privilegio, sin demonizar a quienes por ella se vieran postergados. Todo esto, vino a ser por el gobierno griego de Tsipras –defraudando a la parte bienpensante, sin duda por tener ocupaciones principales.

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