En primer lugar, ignorar la naturaleza restringida de ese término. Pues en algún momento sabrá que no hay éxito absoluto para nadie. Además de lo evidente: que se triunfa en esto, o en aquello, pero no hay un triunfo general –susceptible de englobar la vida de cualquiera. Después, no deberá ignorar que el triunfo tiene un mucho, casi todo, de aplauso y relumbrón en el entorno. Es importante este asunto, toda vez que lo que viene con el viento –el poder o la fama, y el aplauso-, el viento se lo lleva. Y aunque así no fuera, porque ello sucede en los afueras de lo íntimo –la vida donde uno se conoce, donde otros nos conocen sin alharaca ni aplauso. En tercer lugar, no deberá entender su triunfo más allá de lo que sería el éxito en ámbito particular o aspecto destacado –además, si bien se mira, nunca del todo atribuible a su persona. Con ello, el concepto se limita grandemente hasta entrar en una esfera razonable. O en lugar de todo ello rehuir la atribución del adjetivo, por evitar el espejismo de sí propio –caso de que fuera concedido, insensato, por los otros.

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