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Todos electores y elegibles –con algún requisito de edad, tendiendo a menos. Es un presupuesto que nadie objetará –ni llegaría a osarlo. Y no digo yo que sea un modo ilegítimo, o peor que otros pudieran resultar en el entorno –tal se dice. Sin embargo, corresponde a la verdad el decir que no hubo sido así en todo momento. Ni cuando la democracia ateniense, ni tampoco en el siglo XIX ni en una parte de lo que hubo sido el siglo que recién nos ha dejado. Lo que sí fue aspiración de cualquier democracia, o sistema parecido, es la más que deseable formación de quienes participan en la decisión y en el sistema. Lo fue para filósofos antiguos, como también en España esa aspiración que llamaran el despotismo ilustrado. Y vengo a esto último, pues entiendo que la máxima que de ello se conoce –todo para el pueblo, pero sin el pueblo- bien pudiera ser reducción tendenciosa de una idea: en momento donde el electorado era sólo población con nivel subido de tributos o de renta. Otro modo es uniformar masivamente a un cuerpo de votantes: preselección de la oferta –maestros, los partidos-, constricción de mensaje y argumento, inducción de los términos del debate y del marco al que se ciñe –asimilado en formas y palabras a lo que, tan cansino como adrede y repetido, se propala por el plasma.

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