Como caballeros andantes que, en una encrucijada, acordaban dejar rienda libre a su caballo –dejando al albur esa elección, a su azar, a la libertad del animal que no atiende a intención preconcebida. Así a veces sucede al escritor -no por afán de automatismos inconscientes, surrealismo, psicoanálisis, o fe en una inspiración única y suya bendiciendo cuanto la pluma acaricia, y el ingenio engendra o toca. Pues a veces sucede que quien procura escribir, pone sobre el blanco del papel la punta de su acero –como quien pusiera el pie en el andén por el que los significantes viajan, o cruzándose se rozan, o se rozan y confunden. En ocasión me ha sucedido, y no por designio que con premeditación buscara: una palabra que reclama a otra, y otra… y un texto que se urde al impulso de la idea que por sí, sin pretenderla, se contrasta y se despliega –y también, inseparablemente el ritmo y la música de párrafos, de líneas, y de palabras incluso. Un hilván inmaterial que moviliza el espacio de las letras que se trazan –y produce el consonar de las ideas en el foro aleatorio, inmaterial, de su sorpresa.

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