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A mitad de la Cuesta de Gomérez, un artesano no se jacta ni lamenta por ser de los últimos granadinos en la técnica artesanal que allí llaman taracea. Esa técnica de incrustar trozos diminutos de concha, de nácar, de maderas rebuscadas en la superficie de una mesa, de un tablero, de un velador o un escriño. En los surcos trazados de antemano en la planicie de una madera desnuda. Con efecto de arabesco, de ave, de animal –esto, más raro. Esa técnica mudéjar que ofrece un placer a los ojos, reclamando el de la mano que recorre la suavidad de la madera, del esmalte en tanto que acaricia el velador, el tablero, el escriño o la mesa. Es un artesano albaicinero y antiguo, del barrio de San José –esa iglesia con alminar verdadero en función de campanario. Conocí Granada, no hace poco ni en el tiempo ni en recuerdo, cuando la taracea plantaba sus reales en la Cuesta de Gomérez, antigua Calle de Elvira, artesanos recónditos que el Albaicín escondía en la diseminación de sus talleres. También, la Alcaicería –ese lugar donde morisma recién afincada ofrece en ocasión imitaciones, con superficie de plástico simulando arabescos, animales –rara especie-, aves sin nobleza artesana y equiparable a los ojos, y al alcance de la mano y su caricia.

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