En esta obra, se muestra el determinante papel del guión en la tensión que al espectador lo subyuga en la butaca –el nervio de diálogo y acción por detrás de la luz de candilejas. Para demostrar que la tragedia impone su absoluto por sí misma –de modo que, al final nada hay que no estuviera inexorable y rotundo en los principios. Y al hablar del papel definitivo del guión, Tennessee Williams, no digo solamente las pautas de la acción que al espectador se imponen –sino de un evolucionar de monólogo y de diálogo de modo que la expectativa sea cumplida. Sin enajenación de lo que al espectador se debe, sin relajar el oficio y sin concesión ni detrimento. Silvia Marsó ha interpretado, impresionante, a una Amanda Wingfield –casi con hybris griega- propiciando el cumplimiento del desastre: el que acoge los inicios de la obra, para reencontrarse intacto en la caída del telón y en el silencio que antecede a los aplausos. Entiendo que, si algo en el guión produce una cesura indeseada en la tensión del argumento –es la escena del cortejo truncado entre Laura y Jim O’Connor. Tal vez por ello, una ejecución menos convencida de ese lance –Carlos García Cortazar lo interpreta- hubiera reportado beneficio a la percepción global de la obra y su argumento. Todo en aras del aura casi sacramental del drama, o tal sucede en cualesquiera tragedias verdaderas.

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