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Nuestra relación con las cosas no se funda en opiniones. No sé qué prurito moderno o posmoderno nos lleva a sobreactuar en nuestra aptitud para enjuiciar –se pretende poseer un criterio sobre algo, bastante a adoptar una posición a su respecto. Para después relativizar nuestra opinión, poniéndola a la par de las demás –muy escépticos o democráticos, o cínicos en un sentido bueno de ese término. Pero nuestra relación con las cosas que afectan o que importan, no se basa en opiniones. Antes bien, nuestra opinión viene de la mano de un previo ponernos en el juego de las cosas. Según lo que de ellas exigimos, o nuestra necesidad les demanda o les suplica. Después, la opinión aporta su pátina de razón, o de estabilidad –no bastante a alcanzar la seguridad de lo objetivo. Alguien podrá entender que Ortega, aquel filósofo, lo dijo. Pero no así, si de un modo se mira –y no por ello.

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