Aprendí de Pepe Heredia que el ejercicio del verso exige concentración en la tensión y el vigor de las palabras. Y que las palabras no tocadas con el dedo de la renuncia inmediata y del trabajo, son inspiración adulterada y facilona. Por eso, el escritor de versos –poco escribe. Me lo perdonen Lope y otros tantos prolíficos autores. Poco escribe, pues toda su escritura es profundizar en rondas el escrito único que para siempre y sin lograrlo se persigue. Sin embargo, en esa ascética de las palabras estalla en ocasión la chispa y el fulgor de la belleza –y entonces el verso se esculpe en pedernal inalterable en sí mismo, suave entre los dedos y portador del origen de los fuegos. Y supe así que en el verso, la belleza –lo exacto en su justeza- se entrechoca en los adentros de sí misma. Como un fulgor oscuro, irradiando un brillo sin luz -que se modula y no cesa.

©

Anuncios