Todos saben que lo que al poder le interesa, al final es el poder. Su logro, su incremento y -con ellos- su conservación. De ahí las metamorfosis que precisa cualquier robusto statu quo –cualquier modo firme de gobernación. Y hoy, nadie duda de que si algún régimen ha maniobrado con inteligencia en el sentido expresado –éste lo ha sido el régimen nominalmente comunista de la República Popular China. Sobre este asunto, hoy leo en el Blog del Real Instituto Elcano una reseña que firma el profesor Rubio Plo. Con una escueta pero sabrosa indicación relativa al cambio operado por el Partido Comunista de China en su oferta a la población: de ofrecer comunismo, a vender prosperidad individual y estabilidad. Al cambio de una inquebrantable adhesión. Pocos dudan de que, con sus fisuras y herrumbres, la potencia de China ha producido cuando menos una visible consolidación más allá de una consideración escuetamente demográfica. Reflexiones que pudieran concluir en algún resultado muy liberal y moderno: si la ambición del poder, gestionada con viento próspero y estrategia inteligente, no afirmará en el mundo el peso potencial de una nación.

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