Lo escribo a partir del sucedido de la barba de Tutankamón. Tal como los noticiarios, en una esquina, lo trasladan. Desprendida de la máscara tal vez por accidente en la limpieza –repegada al momento con superglue o material parecido. Dicen que por no perder visitantes, si fuera retirada para restaurar una pieza emblemática del museo. O por qué no, por la limpiadora para evitar que se conociera el incidente. No es lo primero que haya sucedido en Egipto en este aspecto –por no remontar hasta lo antiguo, a la destrucción de la mítica biblioteca alejandrina. Ya se sabe. Pero el asunto puede rastrearse en otros orbes: la apertura de una puerta en medio de un mural de Da Vinci –la cena postrera de Cristo. O los genitales vaticanos trasuntados en la púdica hoja de una parra. O el patio del castillo de los Vélez, en España, salvado de abandono por una transacción económica desde América. Y es que cabe que sea el arte como un dogma de occidente y de este siglo o el pasado. Teniendo un valor económico o de uso, escueto y a otros ojos. Como denominador común del valor para dos orbes: la perennidad y la belleza –que se paga y se mantiene a precio ilimitado que se mide por dinero.

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