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En Fuenterrabía, muros de piedra –una fortaleza o torre- muestra secuelas de peñascos lanzados en otro tiempo desde el lado del francés. Y esas aguas suyas y linderas –con ambiente robusto, como untado de tristeza, aire terso como de lugar de frontera inmemorial. Recodo donde el cantábrico se muestra menos grandioso o afable que en la costa vecina -por decirlo en modo sardinero o inmediato- de la provincia de Santander. Recuerdo cómo sus calles, su costa con sus barcos diminutos y pesqueros, me parecieron envueltas en algo de inhóspito y de ajeno –como si una mirada se hubiera posado con enigma o suspicacia. Seguramente, un ambiente que comulga –pasando ya la frontera- con la atonía atlántica del vascongado francés.

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