Baltasar Gracián –por decir estoy que, con Saavedra Fajardo, la nuez de nuestro barroco- recomendaba no esperar a ser un sol que se pone. Saber dejar las cosas, antes que las cosas nos dejen. Sabiendo retirarse a tiempo, hacer de la decadencia propia un oportuno y sabio triunfo. Como también don Diego Saavedra recomendaría al príncipe cristiano la dignidad del retirarse con antelación en medio de su corte –dejando tras de sí el majestuoso rastro de su ausencia. Siempre, claro está, que también deje allí acreditados ojos -y oídos interpuestos- para saber lo que fue cuando ya no está presente. También recuerdo un cura que solía aconsejar que, en velatorios de difuntos, es prudencia saber cuándo corresponde al visitante el retirarse. Como es sabido que, en los años de cualquiera, llega el momento para regresar a sí y a una vida retirada. En relación con esto, he conocido a quienes la fortuna ha deparado una ocupación enérgica y de aliciente hasta el final de sus días laborables. También quien ha llegado a ellos menesterosamente, arrastrándose en el tedio o la rutina. Es de ver que el retirarse lo suele gozar más quien mayor aliciente y actividad abandonó en el día anterior al instante del retiro. Como quien se ocultó en el corazón de su apogeo –sin el arrastrado declinar de quien exhausto arrivara hasta ese instante, deseado desenlace con el acre sinsabor de lo postrero.

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