Llegó un momento en que J acordó romper amarras con la última de las creencias que todavía profesaba. Había creído, de niño en los adultos –en su integridad, en su mirada superior casi omnisciente. También creyó en el saber, adolescente todavía –esa unción que en la segunda enseñanza sus profesores portaban. Y en las letras, como también en la ciudad recién conocida y amada cuando los estudios superiores. Creyó en su profesión, y en el lugar que buscaba en medio del trajín de sus afanes. Creyó en todo ello, con esa fe que no es generosidad ni entrega sino búsqueda de un suelo. Precisión de afianzar los pies en cada hito, y antes de saltar hasta el siguiente o hacia el que creía más alto. Y todo fue perdiendo a sus ojos su verdad y envergadura. Como si el mundo se le hiciera más abierto a cada instante –a la vez que menos significativo y más pequeño. Arrastrado a un desconcierto sin raíz, o modernidad sin fe –sin amparo que a sus ojos le aportara algún valor, o lo que es tanto decir: sin relevancia.

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