A fuerza de prodigar aplausos fáciles, el público se malbarata. También cuando lo son desmedidos. El principio, generalmente aceptable, se produce más nítido en espectáculos cultos –donde el público debiera exigir en más medida, y menos ofrecerse una idealizada imagen de sí mismo. Hoy, el ballet de Víctor Ullate ha estado desigual en el repertorio que ofreciera: con la circunstancia inusual de que lo mejor se produjo en la parte primera –unos jaleos de aliento flamenco, en los que el ballet ha ejecutado lo mejor de su naturaleza. Tras el descanso, un Tres de concepción correcta –si bien no proporcionada con el Beethoven que aporta los compases y los ritmos. Después, un Après toi, insulso y no por demérito del bailarín –que ha obrado con maestría razonable. Antes bien, por el exceso aparente de traer una orquesta sinfónica en vivo –la de Murcia- con música in crescendo a lo glorioso: excediendo el recurso dancístico de un bailarín moviéndose desnudamente por encima de las tablas. Al final un Bolero –el de Ravel-, con poco de ballet –y con fondo de figurantes que apenas representan. No digo yo que la vistosidad de algunos rasgos no mereciera un aplauso mesurado. Pero no el venirse abajo el auditorio –y con ello, el respeto que por su ponderación debiera merecer el respetable.

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