El poder trae siempre soledad a quien lo ostenta. Poderosos que lo han sido, lo reconocieron tras abandonar el solio o la poltrona. Y seguramente así deba ser en todo caso. Porque la autoridad requiere por sí misma una distancia. Y no digo más, si es infalibilidad lo que se arroga o se pretende. Por este motivo, tal vez los papas mantuvieron en siglos la distancia, el protocolo y el boato –por no confundir su voz con la de otros. No he de decir que ese rigor de las formas, la distancia, fuera lo deseable en quienes decían ser pastores. Pero el micrófono a la mano en ocasiones frecuentes, la palabra sin haber sido previamente estudiada con detalle –o, por qué no, espetar lo que se piensa porque sale o así viene… Tal vez un poco más de estudio o de distancia. Lo vengo a decir por esa intervención desafortunada de Bergoglio, donde haya: si alguien insulta a mi madre, puede esperar un puñetazo. Sin especificar qué grado de insulto merecería qué fuerza en el impacto. O si, caso de que fuera el insulto hiriente o pornográfico, fuera lícito avanzar la progresión exponencial de la respuesta. Rectificar… sería un gesto humano sin dudarlo –mas no lo que se espera de una voz moral y con sosiego. Con autoridad, y no solamente autorizada.

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