Pues aquí, una interjección castiza –de un genio popular, y libre y en ausencia de complejo. Disminuyendo a la divinidad con la reduplicación de la divinidad en la misma palabra que la nombra. Esta interjección, la he oído en labios de tabacazo y de cigarro sin boquilla, dientes ennegrecidos y usado mono azul de oficio aprendido de la infancia y para siempre. También la he escuchado en clases medias, presuntuosas de un hallazgo o invención que les permitiera enfatizar su enojo o su sorpresa –con una prolongación cultiparla y sibilante de la ese que la acaba. Clases altas… son los ademanes clase media, pero en la intimidad y sin presencia de testigo. Una interjección que evita flagrante la blasfemia, también la beata corrección de la jaculatoria que la sustituye artera. Como una afirmación provocadora, en los lindes -traspasados con mesura, y en lo exacto- del mal gusto.

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