Los formalismos son propios de una sociedad de adultos. Lo escribo donde vivo –en lugar que ha hecho de la espontaneidad un valor que no precisa de ser justificado. Con banalización de lugares reverenciales otrora, en gran manera: el silencio en los museos, el recato en el aparecer públicamente, las formalidades del aula, o el decoro en los interiores de los templos. Y esa espontaneidad del locutor que habla en ordinario, del alumno que no considera el valor del espacio en el que se halla, el visitante bullicioso y distraído del museo, el devoto convertido en transitador casi turista de la iglesia… se me hace que no son sino muestras de un carácter narcisista –adolescente. Con esa insolencia del joven que no se justifica –por el valor que su piel tersa y su vigor por sí mismos le confieren. Las formalidades procuran, sin embargo, una distancia. Como el velo que separa y que produce lo sagrado. Pues más allá del ritual que se practica –apretón de las manos, cortesía en los modos y en el habla, distinción y adecuación en el vestido y ademanes… se advierte un sentido de la dignidad de sí que no se malbarata ni se expone –y la responsabilidad no ante sí, mas la que acontece ante los otros. Y el hiato y la distancia del respeto.

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