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La intervención de pedagogos en la planificación docente, ordinariamente acontece con mirada a ras de tierra. Quiero decir, a partir de una aplicación de lo aprendido sin mirar al horizonte –y a la crítica del hoy que comporta. Seguramente, esta circunstancia no sea ajena a una dogmatización de los sistemas desde hace ya un cuarto de siglo, y en España. Siendo así que, si la educación debe florecer, lo será a partir de una responsabilidad a la altura de la libertad de que se goza. Lo contrario, favorecería una acción educativa que orille la responsabilidad guareciéndose en los pormenores del reglamento, o en la estrechez de la norma. Vengo a referirme a la libertad del sabio y del maestro –reglamentada, pero con conocimiento y no exenta de albedrío. La libertad del filósofo, en sentido muy antiguo de ese nombre. Sería de ver que, ante la propuesta de atenuar la especialización en la enseñanza –dejándola en manos de pedagogos con perfil en tal o cual aspecto, se exigiera la solvencia pedagógica del especialista o del que sabe –la exaltación del maestro.

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