Hubo un cine español que no tuvo complejo –Berlanga, Buñuel, Rabal, o Soria incluso. El lector sabe de qué maestros hablo. Era un cine enraizado en un modo de realismo –el que consistió en mirar, sin soslayo ni artificio, la realidad en sí misma y envuelta en sus fantasmas. Un cine, Viridiana por ejemplo, que escribía en la luz con la misma seriedad con que en papel lo hubiera hecho Baroja –y digo por ejemplo. Con la misma seriedad, y con sobriedad envolvente y expresiva. O Soria –la vida, pequeña e inmediata, de tantos que se ven en la pantalla y sonríen por sí mismos. Fue un cine honrado y cabal ante sí y ante nosotros. Sin precisión de imitar lo francés, su atmosfera de fondue aglutinante y tan espesa –tal Amenabar en Abre los ojos: impostura que nos trae a un Descartes importado. Calderón disminuido.

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