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La desdicha tiene un algo de plomizo. Como un sofoco que se fuera apoderando de la atmósfera y su aire. Y es común que los desdichados cedan a ese ambiente de respiración difícil –resignación, pesimismo, resentimiento, o angustia: palabras que dibujan la incapacidad en la reacción, o la impotencia. Sobre todo cuando la desdicha se vuelve obcecación, o si es lo bastante prolongada. Valga lo escrito, también, para aquella que nos llega de forma colectiva. Y tengo por muestra de esa situación, o síntoma inequívoco, la emergencia de mesías populares –de gran oportunismo y cálculo interesado. Por esta razón, también lo digo, vería saludable que en España hoy se abrieran de una vez las ventanas del análisis, de la razón y el debate –no así las consignas de partido, o discursos de moralidad roma o autoridad impostada. Cómo aturden esas voces, y con cuánto empeño ciegan los comunes afluentes de una inteligencia compartida –las voces personales, agudas, diferentes. Todo ello me viene al pensamiento, leyendo a dos amigos que han escrito recientes en el periódico El Mundo. La prensa: ojalá democrática y abierta, en la patria común de las palabras –nuevo foro y aire fresco, emblema de pluralidad, y lugar para el respeto.

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