Las ilustraciones de la baraja española me aparecían, cuando niño, como representación de cosas cercanas a las escenas de cuentos –con sus reyes, caballeros y cortesanas de semblante ambiguo, indefinido-, o al menos como cosa inteligible y sencilla ante la vista. Todo ello a pesar de sus resonancias visionarias –cosa que por entonces ignoraba por completo- o linderas de la adivinación y sus artilugios propios. Y también, el juego que con ella practicaban los adultos comulgaba con el aire de las tabernas de pueblo, de corrillos dispersados por las eras –no obstante fuera tildado de vicioso o de próximo al pecado. No así los naipes americanos- con su sofisticación y su aire de casino, años después y en el cine. Con azar y con riesgo de moqueta, con exhalación de habano.

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