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Conforme el despliegue de autovías se ha ido completando, muchos pueblos españoles han reconvertido en avenidas o calles las que fueron travesías. Y hoy el viajero que prefiere demorarse en el hallazgo y el paisaje, advierte cómo esta circunstancia ha modificado la fisonomía de los bares. Con pérdida de algunos de carretera –extraordinarios, domésticos, con nombre por común del propietario o de alguno de sus hijos. También, cuando la travesía recorrió calle principal de la localidad que se visita, hoy se encuentran bares de pueblo con modernizada idiosincrasia. Si la ruta nacional circunvalaba o transitaba las afueras, entonces por lo común defunción de la actividad hostelera en los márgenes –con presencia de bares que fueron estupendos y hoy se muestran con puertas enclavadas. O incluso en caminos realengos, tal sucede con la venta El Molinillo –en el Puerto de la Mora- en ruinas, o definitivamente derruidos y en el suelo. Algo me trae a la nostalgia, en Vélez Rubio, un bar de carretera en la entrada o la salida, y hoy cerrado –donde nunca dispensé tomar un plato del jamón sabrosísimo de la localidad próxima y serrana de María. Fue un modo de viajar que existe todavía –si bien quedó residual y, por lo común, se evita.

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