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A medida que crece su conciencia, el joven escritor comprende que el camino no lo trazó definitivo ninguno de los maestros que su curiosidad visita. Siendo como es la escritura un camino irrepetible, para cada uno y singular. Ello no obsta para que la admiración por uno de ellos, suscite en ocasiones la inquietud de escribir con vigor y con tono similares –al modo de una emulación. Así lo siento a veces con Maurice Blanchot, novelista y crítico –como él mismo se describió en un lugar conocido de su obra. Su prosa siempre se me ha presentado como un lugar –simultáneo y paradójico, de autoridad y ateismo. Golpeando con la fusta de sus palabras los conceptos –sin dialéctica ni estridencia. Con el giro que imprime a las palabras escritas, oxímoron y envolvente –hacia ninguna verdad.

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