Las fiestas, lugar que son de esparcimiento y sobre todo de socialización, se organizan en estratos –sociales, laborales, de afinidades en modos diversos, generacionales también. Con códigos y espacios definidos para cada sector, dentro de ese tiempo compartido en el que tiene lugar la celebración. Por lo que hace a la Navidad, creo que estas fiestas no escapan a esa regla que considero común –de hecho, los contextos de convivencia festiva se han alejado progresivamente de la urdimbre antropológica del clan familiar. Y así, el festejo navideño adquirió un aire uniforme y más de mínimos, donde casi sólo el decorado marca un carácter específico de la ocasión. Seguramente sea un signo más de repliegue en la dirección de lo individual, o señal de que la sociedad se segmenta. Otro signo más rotundo -o peor, una causa entre las otras: la tierra quemada que la generación presente va dejando, como una herencia vacía, a la que está por llegar.

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