Era joven orondo y golosete. Javier –que se llamaba. Joven, pero dentro de un orden razonable: frisando la treintena. Y no se piense, no, que por ello era simplón de entendederas –como así sucede en historietas de tebeos, cuando un romo regordete se expone a chanzas sin gracia y no insufribles. Javier era punzante e ideoso en sus criterios y en maneras: así, al palo catalán de la repostería –bañado en chocolate, o en caramelo otras veces- había dado en bautizarlo políticamente y de modo descriptivo –palo de chocolate, a secas y tan sólo. Y lo tenía así, no por modo de una militancia suya, aunque sí de resistencia ante algo ajeno. Todavía no había emporchado contra la ensaimada mallorquina o los cordiales murcianos –tan encomiables y universales al gusto. Y en ello mostraba un afán selectivo, con una fijación de aire maníaco –tal un reconocer, él mismo lo decía, el valor de aquello que –simple, y a sabiendas- censuraba.

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