No crean ustedes que hemos desterrado en Europa, comenzado ya este siglo XXI, la creencia en rituales mágicos –más o menos encubiertos. En variedades que se adaptan, según el caso sea o lo aconseje. Sé que, circunspecto, algún lector pensará en aquellas prácticas del Medievo –clandestinas, con oscurantismo retratadas en el cine. Una magia con solemnidad y mitificación –con aureola. Pero tengo para mí que estas creencias son algo muy de aire popular, de andar en zapatillas por casa. Rituales mediante los que se piensa efectuar un conjuro en lo de siempre: salud, dinero y amor –y quien tenga estas tres cosas, que le de gracias a Dios, que la copla decía en la España dominguera del momento. Y así, se acude a curanderos –con laica peregrinación a caseríos rústicos donde se imponen las manos- o a galenos afamados sin más causa entre infundados decires entre el vulgo. Oraciones, confesionales o laicas –éstas dirigidas a nadie sabe dónde, en la forma de sinergia astral o energía positiva. O, sobre todo cuando aprieta la penuria, ese confiar la ilusión o la esperanza al guarismo que sobrevuela y se graba por el aire, dando a la luz un azar –la lotería.

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