En mi trato con otros y también conmigo mismo, he sabido que la intensidad de las emociones dificulta el límpido intercambio de argumentos –el agua clara en la que la razón fluye. O tal vez deba complementar lo que acabo de decir –también he conocido lo mismo en mi experiencia de lector. Y es pena que tal sea, o que ordinariamente así llegue a imponerse –o dicho de otra manera, imagino cuánto se ganaría en ocasiones si en nuestros intercambios nos atuviéramos a un honrado razonar. Sobre todo porque las emociones suelen amparar la defensa de un deseo escondido, o bien un descarado interés –con falacias y piruetas de razón o de retórica. Y así, por mejor ilustrar lo que digo, traigo mi perplejidad con respecto al odio pronunciadísimo que generaciones jóvenes de izquierda aspaventean con respecto al régimen franquista –ese ejercicio dilatado de gobierno dictatorial, que sólo pudieron conocer por lecturas o de oídas. Un rechazo emocional que no exhibieron otros que sin embargo supieron liquidar en su día el régimen, sujetos que estaban a él. Con demostración suficiente de ecuanimidad y firmeza –no diré si también de negociación con lo posible o de acierto indiscutido, o de ambos. Aunque confluyendo en el respeto -necesarias o exigiéndose, razón y generosidad.

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