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No me gusta en Pablo Iglesias –el nuevo, casi por decir estoy que el verdadero- ese gesto, cuando habla: un censurar desde su altura al oyente, al ausente, a quien está o quien no se encuentra, a aquel que lo entrevista o insensato lo interpela. Una superioridad en lo moral que, parece, quedaría de antemano presupuesta. Así, a ninguna parte –porque tengo para mí, y profeso firmemente, que la verdad no es propiedad ni patrimonio de nadie. Además, y sobre todo, porque quien propone que se lo designe presidente de un gobierno –debe a la sociedad y a sus medios ordinarios una contrastación cruel, hasta la médula. No es menos lo que para sus manos pide –gestionar lo común y, si me apuran y en casos no infrecuentes, los destinos.

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