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En mi día, repasé con fascinación y estudio aquella obra de Kantorowicz –Los dos cuerpos de Rey. Un estudio de Teología Política medieval. Traigo esta lectura por las consideraciones que contiene sobre la antigua monarquía, comprendida como una corporación unipersonal. Ese principio, según el cual en cada instante el Rey encarnaría a la Corona entera –unidad dilatada, diacrónica y secular. Seguramente, ello tenga que ver con la concepción moderna del Estado –su permanencia bajo formas diferentes, o bien su continuidad. No está de más recordarlo, hoy –en España, día de la Constitución. Esa norma que vertebra y otorga estabilidad –mudable, incluso susceptible de ser reconstituida ex novo, sin que por ello se rompa la continuidad de la unidad política y social. No obstante, entiendo que no es apropiado –y a veces, ilegítimo- cualquier discurso afectando a la realidad constitucional: la descalificación, o la frivolidad. Entre los frívolos –quienes afirman que no la votó buena parte de la actual generación. Tal si fuera necesario, o conveniente siquiera, que cada generación formulara un nuevo pacto constitucional.

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