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En el verso, el escritor tiene el recurso de seguir la melodía. Sobre todo en los inicios, cuando la elección del tema acucia al prosista con el consabido temor de la página impoluta, extensión por concebir enteramente, texto en blanco. Pero el verso, comienza en ocasiones con un solo tarareo –y las sílabas rimando con sus ritmos, sus válvulas que suben y se abajan en pies métricos, las silabas que marcan contrapuntos, a veces acarrean aquel verso expectante, inicial, que desea convertirse en un poema. O también un verso suelto –escorando en los adentros, en singladura que llena de sones los espacios que recorre esa zozobra imperfecta. Ello no le ahorra, al poeta, un sufrimiento. Pero él no corre decidido al encuentro de ese verso -mas lo espera, lo aguarda en su vigilia y con deseo: un quehacer que la música acompasa, y que lo guía -por lo oscuro, y por adentro.

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