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Quizás muchos intuyen -pero pocos lo aseveran- que en ciertas ocasiones la participación en elecciones generales tiene, para el elector, el peso que correspondería a un acto de gobierno trascendente y arriesgado. Sobre todo cuando, como sucede últimamente y de forma reiterada en nuestra España, la concurrencia se produce bajo una presión excepcional –recuerden, por ir a lo mayor y por ejemplo, lo de Atocha-, una vez amenazada o en cuestión por varios flancos la vigencia efectiva del sistema. Entonces, el inmenso poder de los partidos pesa sin compasión en los hombros del votante: acosado a través consignas sin sustrato, sometido a propuestas y programas fraudulentos o incoherentes cuando menos, sin saber dónde acudir que no se pierda, compelido a una decisión cuya gestión ulterior defraudará con probabilidad muy más allá de lo que fuera razonable. También -y es abrumador tan sólo el escribirlo- el voto en semejantes ocasiones sufre de tensión emocional, inherente o provocada, que desorienta la elección y la busca del acierto –lo justo y conveniente en lo posible, en lugar de una escueta afirmación tamizada por la propia papeleta. O por evitar que se tuerza o malentienda lo que he escrito: eligiendo a partir del rechazo emocional de lo que hay, o en el miedo a lo posible venidero. Como dos caras de un extravío de la razón. Tal dos cruces de una sola coyuntura –que replica sus formas y causas, y parece que se queda.

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